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La pintura mural: el fresco

        Si bien existen muy variadas técnicas para pintar directamente sobre el muro o pared, la más frecuente e importante ha sido el fresco, sin que, por ello, los términos de "pintura mural" y "pintura al fresco" deban ser tomados como equivalentes. La confusión deriva frecuentemente del hecho, ya subrayado, de que la pintura al fresco ha constituido la principal técnica de la pintura mural.

        A diferencia de la pintura al fresco, llamada precisamente en las fuentes literarias italianas "buen fresco" técnica que exige que el muro este húmedo en el momento de pintar, el resto de los procedimientos para pintar sobre muro se realizan en seco, ...

        En esencia, la técnica de la pintura mural al fresco consiste en aplicar los colores disueltos en agua de cal sobre el muro, que deberá estar previamente preparado y humedecido. Se basa, por consiguiente, en el proceso de carbonatación de la cal.

        La piedra caliza es, en su mayor parte, un carbonato de cal, que calentado en el horno a 850°-900° C pierde el anhídrido carbónico y se convierte en cal viva (óxido de calcio). La cal viva, así obtenida, se transforma en cal apagada (hidróxido de calcio) al añadirle agua. Con la cal apagada se forma el mortero para revestir el muro en el procedimiento al fresco; la cal, al absorber de nuevo el anhídrido carbónico del aire, forma un carbonato de cal, evaporándose el agua (Ca (OH)2 + C02 = = CaC03 + H20). Éste es, pues, el proceso de carbonatación de la cal, fundamento de la pintura al fresco, y que ya era conocido por Vitrubio. Así, al secarse la pared, previamente preparada y húmeda, se convierte en una superficie compacta, de consistencia marmórea, en la que quedan encerrados los colores que, disueltos en agua, se aplican sobre ella.

        Para explicar el proceso técnico de la pintura mural al fresco, distinguiremos las siguientes fases:

  a) preparación del muro y materiales utilizados;

        b) los colores,

        c) aplicación de la pintura; y

d) condicionamientos técnicos.

 

        a) Preparación del muro y materiales utilizados

        La pared sobre la que se va a proceder a pintar al fresco debe estar absolutamente seca, por lo que conviene su exposición al aire libre antes de aplicarle las diferentes capas del revoque. Debe cuidarse al extremo este punto, porque de existir humedad subterránea que penetre en el muro por filtración, arruinaría la pintura. Asimismo, hay que evitar la existencia de eflorescencias blancas de yeso, lavando la pared hasta que desaparezcan. Tanto si el muro es de piedra como si es de ladrillo debe humedecerse varios días antes de proceder al revoque y comprobar que absorbe agua.

        Cuando el muro está completamente seco y reúne las condiciones descritas, ya se puede proceder a su preparación mediante la aplicación de las capas de revoque, que, normalmente, y con independencia de los diferentes usos históricos, son tres o cuatro.

        El mortero para revocar y enlucir el muro se forma con cal y arena a"másadas con agua. La cal debe ser grasa y apagada, mientras que la arena ha de estar seca y no ser arcillosa. La proporción en que intervienen en la mezcla la cal y la arena varia desde las capas inferiores del revoque hasta las capas superiores. Normalmente, esta proporción es de tres partes de arena y una de cal para la capa inferior; de dos de arena y una de cal para la intermedia, y en partes iguales para la capa superior, cuando se trata de tres capas. La arena utilizada en las capas inferiores deberá ser más gruesa, para que el mortero resulte más poroso y así se facilite el proceso de carbonatación de la cal; la arena mezclada en las capas superiores, especialmente en el último enlucido, será mucho más fina.

        La aplicación de las diferentes capas de revoque debe hacerse sucesivamente y, en todo caso, siempre en húmedo, para evitar que se formen carbonatos de cal. Según Vitrubio, los antiguos fondos de mortero constaban de seis capas sucesivas.

        En algunos procedimientos se ha utilizado para la elaboración del mortero de los revoques tanto paja —en los inferiores— como estopa —en el enlucido último—. La paja y la estopa evitan que el revoque se agriete y facilitan que el proceso de secado y, por tanto, la carbonatación se produzca más lentamente, lo que es fundamental para la pintura al fresco. La utilización de la paja y de la estopa en el mortero está documentada en el manuscrito del monte Athos.

 

        b) Los colores

        Los colores en la pintura al fresco van disueltos en agua de cal; por ello, normalmente, deben ser de origen mineral, ya que deben resistir a la acción cáustica de la cal. Como blanco se utiliza siempre el blanco de cal, debiendo citarse el blanco de San Juan (carbonato de cal) y la cal apagada (hidróxido de calcio); ocres naturales y tostados para el amarillo y el rojo, tierras para el rojo y el verde, ultramar para el azul; para el negro, el marfil, el hueso y el carbón de vid.

 

        c) Aplicación de la pintura

        El procedimiento ha variado en los distintos momentos históricos. Hay que tener en cuenta siempre que el muro debe estar húmedo, y que se impone pintar la superficie de arriba hacia abajo para evitar estropear lo ya pintado. En la técnica bizantina se pintaba por zonas horizontales y en toda la altura que permitían los andamios; con el advenimiento de Giotto se actúa por jornadas de trabajo, procediendo al enlucido o humedecido de la parte que se podía pintar en una jornada.

        Casi siempre es necesaria la realización del dibujo previo sobre un cartón, a tamaño natural, que luego hay que transportar sobre el muro, para esta operación puede utilizarse el procedimiento del estarcido, perforando con un punteado la silueta y luego pasando una muñequilla de estarcir, con lo que se calca el dibujo en punteado; otro modo de llevarlo a cabo consiste en oprimir con el mango del pincel para repasar contornos y dintornos, que quedan marcados sobre la superficie blanda del muro. La existencia de cartones permitió en el arte bizantino el trabajo de maestro con ayudantes, que trabajan sobre modelos e iconografías prefijadas.

        En el transito del siglo XIII al XIV, y con la presencia de artistas de la talla de Cavallini y de Giotto, se produce una sustancial innovación en la técnica al fresco, que prácticamente es la descrita en el tratado de Cennini, quien se consideraba discípulo de Giotto. Acabamos de aludir al cambio en el sistema de trabajo, que pasa de las bandas horizontales de los andamios a la pintura por "jornadas". Pero, además, se utiliza la sinopia, es decir, la realización de un dibujo previo o preparatorio sobre el penúltimo revoque, que se cubría con una fina capa de enlucido (lo que se iba a realizar en un día) y sobre ella se volvía a dibujar. Es un procedimiento más cómodo para un arte más naturalista y racional, con mayor libertad iconográfica y que buscaba los valores plásticos y espaciales frente a la tradición anterior bizantina.

 

        d) Condicionamientos técnicos

        El procedimiento que se está describiendo es, como ya dijimos, el conocido en las fuentes literarias como "buen fresco" para distinguirlo de cualquier otro método de pintura mural en seco, o de los que denominándose "frescos" no son tales en sentido estricto.

        La aplicación de los colores sobre el muro húmedo exige dos características fundamentales: rapidez, puesto que debe acabarse antes de que seque el muro, y seguridad en la ejecución, puesto que no caben arrepentimientos. Por esta razón la pintura al fresco exige un gran dominio técnico. En ello radica parte de su grandeza; Delacroix advertía que la tensión para tener y hacer todo a punto en la pintura al fresco producía una excitación en el espíritu que contrastaba con la pereza que inspira la pintura al óleo.

        Otro aspecto importante a tener en cuenta es que los colores, al secarse, bajan de tono, efecto que deberá calcular el fresquista. El secado superficial del fresco dura unas seis semanas, y el profundo es mucho más largo, por supuesto. Una vez seco, se pueden realizar retoques.

Varios autores.- Introducción general al arte.
Ed. Istmo. Madrid 1980. Págs. 244-249