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EL MATRIMONIO ARNOLFINI DE JAN VAN EYCK

 

        El matrimonio Arnolfini. (National Gallery, Londres) es una de las pinturas más conocidas de todas las primitivas holandesas. Fue ejecutada mediante la técnica, recientemente perfeccionada, de la pintura al óleo, que permitió a los pintores flamencos representar la incidencia de la luz y las variadas texturas de las superficies iluminadas por ella, con un grado de fidelidad inalcanzable por la pintura al temple. La antigua creencia de que Jan van Eyck fue el «inventor» de la pintura al óleo está equivocada, pero las cualidades inherentes a este nuevo medio sólo pudieron ser explotadas a fondo por un maestro de su talla. Trabajando con barnices traslúcidos de óleo meticulosamente aplicados, representó con brillantez una amplia gama de substancias diferentes. El metal sumamente pulido del candelabro de bronce, el pesado terciopelo de la noble túnica del hombre y el pelo hirsuto del perrito. todo ello está representado con notable fidelidad a la naturaleza. El tema de la pintura está lo suficientemente claro: una pareja, vestida de acuerdo a la moda de la época, permanece de pie en una alcoba confortablemente amueblada. Sin embargo, el realismo de la primitiva escuela flamenca estaba directamente unido a los requerimientos de un arte religioso y simbólico. Como doble retrato de cuerpo entero, El Matrimonio Arnolfini es notable en la pintura del siglo XV, por lo que resulta legítimo suponer que el cuadro poseía alguna significación especial. Resulta aparente, por la postura ceremonial que asumen el hombre y la mujer, que se está produciendo un acontecimiento solemne, y su calzado, apartado a un lado, sugiere que se trata de una ocasión religiosa. Que la escena sagrada está relacionada con el matrimonio está patente, no sólo por la relación que hay entre ambas figuras, sino también por el significado simbólico de los objetos de la alcoba. El lecho es un símbolo claro del matrimonio, las naranjas denotan fructificación, y la talla del remate de la silla junto a la cama representa a Santa Margarita, la santa patrona de las mujeres que van a dar a luz. Así, pues, si la pintura representa una ceremonia nupcial en desarrollo, podemos preguntar dónde está el sacerdote y por qué se celebra la ceremonia en una casa en vez de en un templo. A diferencia de los otros seis sacramentos, el matrimonio es el único no conferido por el clero, sino directamente por los mismos contrayentes partícipes en el acto. Hasta las reformas del Concilio de Trento, instituidas en 1563, era completamente legal para un hombre y una mujer casarse sin sacerdote y en cualquier lugar donde creyeran conveniente hacerlo. En el espejo de la pared del fondo de la estancia en la que se desarrolla la escena, se reflejan dos hombres de cara a la pareja. Probablemente sean los testigos laicos de la ceremonia. Si suponemos que el mismo van Eyck fue uno de ellos, su firma cobraría una nueva importancia: «Johannes de Eyck fuit hic» significa literalmente «Juan van Eyck estuvo aquí». Aunque van Eyck solía firmar sus obras, la elaborada caligrafía gótica de su firma recuerda la escritura ceremoniosa reservada para los documentos legales. Esto no resultaría sorprendente si El Matrimonio Arnolfini era lo que parece: un certificado de matrimonio pictórico.

Varios autores. Enciclopedia universal de la escultura y la pintura.
Ed. Sarpe. Madrid. 1982. Pág. 842.


El matrimonio Arnolfini de Jan van Eyck

        La perspectiva desarrollada por la pintura flamenca nos remite a un punto de referencia desde el que, como en las pinturas de los italianos, el cuadro se ofrece como una ventana abierta a la naturaleza. En el Matrimonio Arnolfini, de Jan Van Eyck la composición se estructura de acuerdo con esta visión monofocal. El espejo que aparece en la pared del fondo sirve incluso de "cita" del lugar en el que se halla el pintor. Todo aparece ordenado en un sistema empírico de referencias espaciales. Sin embargo, los objetos y figuras están representadas con un detalle que revela una atención pormenorizada por el valor cuantitativo y cualitativo de cada cosa. Y este fenómeno no está determinado en función del punto de referencia de la perspectiva. Aunque está situado en la estructura perspectiva de la composición, su representación está tomada de su especifica individualidad. La luz, además de ser un elemento configurador del espacio, se entiende con las particularidades de su carácter físico y sensorial. Y la misma perspectiva opera de forma que contribuya a desarrollar y profundizar en esta conquista figurativa.

        Jan Van Eyck es el primero que acomete la articulación en planos en un esquema monofocal. El resultado, consecuencia de una elaboración empírica derivada de la misma práctica y al margen de los problemas matemáticos que se plantean los italianos, es un espacio en correspondencia directa con el espacio real. En el Matrimonio Arnolfini el espejo establece una relación entre lo representado y la realidad en la que se encuentra el espectador.

Victor Nieto y Fernando Checa.- El Renacimiento.
Ed. Istmo. Madrid. 1985. Pág. 53


El matrimonio Arnolfini de Jan van Eyck.-

        La utilización por parte del artista de su firma inscrita para dejar constancia de su presencia dentro de la obra y convertir el retrato en un documento, ... en el arte nórdico se remonta, al menos, hasta el retrato de los Arnolfini por Van Eyck. Van Eyck escribió <Johannes de Eyck fuit hic> en la pared en una delicada caligrafía para dar fe de su presencia, como testigo de las bodas de la pareja. Este celebre cuadro es único como documento matrimonial. (…) Van Eyck documenta o da fe de un mundo que preexiste a él, sin pretender que es el creador de un segundo mundo, un mundo nuevo. En el cuadro de Van Eyck esto está reconocido no sólo por la inscripción, sino también por la imagen del artista reflejada en el espejo que cuelga en la pared justo debajo. (…) El artista ante su caballete aparece también como reflejo en la armadura de San Jorge en el retablo del Canónigo Van der Paele, en una joya de la corona de Dios Padre en su retablo de Gante, y en la superficie de los objetos de algunas naturalezas muertas del siglo XVII. Pero la forma en que Van Eyck yuxtapone la imagen reflejada y el nombre inscrito merece algún comentario,… El espejo es un tour de force de ilusionismo que revela a la pareja Arnolfini vista de espaldas, recibiendo el saludo del pintor y su acompañante a la puerta de su cámara. También duplica la presencia del artista como testigo interno: está presente en palabra (la inscripción) y en imagen (el espejo). Consideradas como presentaciones (pues es lo que son), ninguna de ellas nos revela nada sobre la naturaleza de su artífice humano. La presencia del artista como testigo del mundo descrito es más importante que su personalidad para el cuadro. Pero la yuxtaposición de esos dos signos de la presencia del artista llama la atención sobre la funciónión común de un signo verbal y un signo visual. Nos devuelve a esa notable y confiada equiparación de palabra e imagen.

        La fuerza referencial o simbólica de las palabras inscritas se pierde algo cuando dichas palabras ocupan su puesto sobre la superficie visible de la imagen icónica. Esta transformación tiene el efecto de reforzar la condición icónica o representativa del cuadro. En este sentido, la forma bajo la que se presente la inscripción es parte importante de su función en un cuadro holandés. En algunas pinturas, la delectación en la apariencia física de los textos y la diferenciación entre ellos se realza por su yuxtaposición, parecidamente a como ocurre en la diversidad de tipografías de que hacen gala los libros impresos en la época.

Svetlana Alpers.- El arte de describir.-
Ed. Hermann Blume. Madrid 1987. Págs. 250-252


JAN VAN EYCK: El matrimonio Arnolfini.-

        Si se quiere disfrutar con la simple contemplación de un cuadro, es difícil elegir uno mejor que el doble retrato de Giovanni Arnolfini y su esposa, obra de Jan Van Eyck, expuesto en la National Gallery de Londres. No llega a un metro de altura, y está exquisitamente pintado con radiantes colores y un gran número de seductores detalles.

        Las paredes de la confortable y decorada habitación están bruscamente interrumpidas por el marco y parece que se extiendan hacia delante, que nos inviten a entrar, a incorporarnos en la escena. Nos sentimos impulsados a acercarnos no sólo por la reducida escala de la obra? sino también por la riqueza de detalle en la representación de cada fragmento, por la suavidad de las prendas de piel, el brillo del metal pulido e incluso la delicada talla de ebanistería. El sutil juego de luces acentúa la sensación de intimidad, y no sólo ilumina, sino que también unifica, comunicando al cuadro una cualidad casi mística. A pesar de su detallado realismo, esta pintura tiene algo mágico, una espiritualidad. Uno tiene la sensación de que tras todos los objetos aparentemente corrientes que ocupan este agradable interior, debe de haber un significado más profundo.

        En realidad, la pintura está saturada de significado. No es un cuadro sin más de un hombre y una mujer, sino el retrato de un sacramento religioso: el sacramento del matrimonio. Giovanni Arnolfini se promete a su novia tomando con su mano la de la muchacha y levantando la otra mano en un gesto que indica un juramento sagrado, mientras que ella, dándole la mano, le corresponde del mismo modo. Este juramento recíproco sin la presencia de sacerdote era suficiente como ceremonia matrimonial en aquella época: 1434.

        En esta boda hubo testigos -aunque tampoco los testigos eran necesarios--, y lo demuestra la existencia de la propia pintura, que hasta cierto punto sirve como documento atestiguando el matrimonio. Encima del espejo, el pintor da testimonio de su propia presencia en la escena escribiendo con escritura florida y legal «Jan Van Eyck estuvo aquí», y añade la fecha (...). Podemos verificar este hecho si miramos el espejo de cerca, pues su superficie convexa refleja la puerta de salida situada frente a la pareja, y allí revela la presencia de dos testigos.

        Pero no sólo es significativa la escena en su conjunto: cada detalle en sí mismo tiene un significado. En el candelabro hay una vela solitaria encendida, que en plena luz del día no sirve para iluminar, pero está allí simbolizando a Cristo que todo lo ve y cuya presencia santifica el matrimonio. El perrito no es simplemente un vulgar perro faldero, sino que representa la fidelidad, los rosarios de cristal que cuelgan de la pared, y el inmaculado espejo simbolizan la pureza mientras que los frutos que hay sobre el arcón y el alféizar son recordatorios del estado de inocencia antes de que Adán Eva cometieran el pecado original. Incluso tiene significado el que los dos personajes estén descalzos -las zapatillas de él se ven a la izquierda en primer plano y las de ella en el centro al fondo-: indica que la pareja está pisando un suelo santo y por eso se ha descalzado.

        Hemos visto que el cuadro está repleto de símbolos, y todavía hay más que ni siquiera hemos notado. No son símbolos fáciles de reconocer, pues están camuflados como objetos que parecen perfectamente naturales. Sin embargo, estos símbolos ocultos santifican la pintura de modo que ya no es simplemente una escena costumbrista, ni un simple retrato de pareja, una representación secular de apariencias naturales, sino la imagen de un momento religioso profundamente solemne, impregnado de la presencia divina.

        Este simbolismo camuflado fue una característica del arte flamenco del período. Podemos hallarlo en otras obras de Jan Van Eyck y en las de sus contemporáneos. Los cuadros de períodos anteriores estaban llenos de símbolos explícitos e inconfundibles. Los artistas del siglo XV deseaban representar las imágenes con un mayor realismo, y a través de los símbolos camuflados, como los que hemos señalado antes, querían elevar su estudio de la naturaleza a algo más espiritual.

        No hay muchas pinturas tan notables como ésta, pero es conveniente recordar que en un cuadro suele haber mucho más de lo que el ojo ve a simple vista.

Susan Woodford.- Cómo mirar un cuadro.
Ed. Gustavo Gili. . Barcelona.1985. págs. 101-103.